La semana pasada fue una auténtica locura, por eso no he renovado antes. Me he movido más en 7 días que en todo el mes de marzo. He estado haciendo bufandas (espero enseñároslas pronto, las he enviado para que haga las fotos mi hermana, porque serán infinitamente mejores fotografías de las que yo podría hacer jamás), yendo a comprar muebles, revisiones médicas, reuniones de trabajo, pasando tiempo con mi familia... En general me he mantenido un poco lejos de los ordenadores durante esos días, de ahí mi desaparición momentánea.
También tuve tiempo para vivir un momento realmente ridículo. Muuuuuy ridículo. Sí, en serio, y como tengo el suficiente sentido del humor como para reírme de mí misma, os lo voy a contar.
La semana pasada tuve que ir hacerme análisis de sangre el lunes. Yo, que soy una despistada, no me dí cuenta de que ese lunes era precisamente el lunes después de semana santa. Imaginaos cómo estaba aquello de gente. El primer día de rebajas en el Corte Inglés era una broma comparado con la de gente que había allí, tanta gente que hasta distinguía algunas caras. Gente de la carrera. La administrativa de una academia a la que fui hace un montón de años. Mi profesora de Literatura Gallega de COU. ¿No estabais vosotros también por allí? ¡Porque no me extrañaría!
Tuve que esperar bastante y, como ya sabréis, a los análisis de sangre hay que ir en ayunas. Pasaba el tiempo y no es que mi estómago hiciera ruido, no, es que ya estaba recreando todo el repertorio de Mozart en modo gruñido interno. Grrrrrr, grrrrrr...
Cuatro tubos de sangre. Cuatro que me sacaron. Salí de allí que parecía que venía de haberme pasado todo el fin de semana de juerga del mareo que llevaba. Total, que nos fuimos mi madre y yo directas a tomar un café. Llegamos a la entrada de la cafetería y me dice mi madre: "Ah, mira, tienen un menú de desayunos" y mientras miraba a la pizarra pensando en qué me iba a tomar seguí caminando y...
¡BBBBBUUUUUUUMMMMMMMM!
Me estampé contra un cristal. De pleno. Me lo comí enterito. Claro, toda la gente que estaba dentro de la cafetería se giró a ver qué narices había pasado. Me imagino lo que vieron: mi cara aplastada contra un cristal. Algo tal que así, pero a más velocidad:
¿Y cómo reacciona uno tras eso? Entrando en el local como si no hubiera pasado nada, lo cual lo pienso ahora y me resulta bastante gracioso para el que lo viera desde fuera. Yo toda digna me dirigí a una banqueta y me pedí un café como si nada. Ahí, toda chula, sin una mueca, aunque por dentro sólo pensaba: "Qué dolor de cara, madre mía, qué vergüenza..."
En la farmacia me dieron una cosa para los golpes que no conocía, pero que tiene el mismo sistema de funcionamiento que el pegamento de barra. Me lo eché nada más salir a la calle porque me dolía el golpe cosa mala, y de repente me volví a imaginar desde fuera. Iba por ahí andando y poniéndome algo que parecía pegamento de barra por toda la frente. Genial, un día redondo.
Qué caray, la dignidad está sobrevalorada.
Y cambiando de tema, ¿soy la única desesperada porque llegue la primavera? Soooooooool, quiero sol, y flores, y alergia, ¡¡me da igual tener alergia!! Yo quiero sol. Y punto.
¡Feliz tarde de no sol a todos!