Si hay una cosa que le gusta a mi madre son mis anécdotas. En líneas generales he de decir que éstas suelen tener de protagonistas o bien a mi hermana la mediana o bien a mí. Los motivos son muy distintos, en caso de mi hermana se debe a que es despistada de nacimiento y aventurera a más no poder, dos cualidades básicas para liarla parda con una facilidad aplastante, pero en mi caso se debe a que soy un poco despistada (no tanto como ella, pero me llega) y porque soy un ser demasiado tranquilo. Puedes pensar "bueno, si es tan tranquila no se meterá en líos", pero no, todo lo contrario. Tengo el defecto de dejarme llevar por las situaciones y no saber ponerles freno a tiempo, así que me suele pasar que de repente me veo de bruces con que me he metido en un lío sin comerlo ni beberlo.
Así que mamá, como sé que esta historia te encanta, hoy la contaré.
El caso es que mis padres llevan muchos, muchos años cantando en una Coral Polifónica. De pequeña he ido a gran parte de sus ensayos y a veces me tocaba también ir a las actuaciones. Como era una niña muy buena y muy tranquila no pasaba nada, me decían "siéntate ahí" y en esa posición me quedaba hasta que me indicaban lo contrario.
El día de autos era un 25 de julio, fiesta patronal en honor de Santiago Apóstol. La Coral en la que están mis padres actuaba ese día en la Catedral de Santiago. Allá nos fuimos en bus, todos los cantantes, el director, el organista, su mujer y la menda que era con una diferencia mínima de 30 años la más joven. Mi madre me había avisado que aquello iba a estar a tope, que estaban todos los peregrinos, que era una misa muy importante, que harían lo del botafumeiro y que iba a ser una ceremonia larga, así que me tenía que portar muy bien, que obedeciera a los miembros de la Coral y que sobre todo y ante todo no me moviera de donde me dijeran. Ay, mamá, ya te vale...
El caso es que la otra persona que no iba a actuar era la mujer del organista, que amablemente se ofreció a encargarse de mí. Era una señora muy mayor y muy pequeñita, de esas mujeres que tienen una sonrisa de oreja a oreja pero una autoridad a prueba de bombas. Entramos en la catedral y un cura les indicó a los cantantes donde podían cambiarse. Mi madre tenía razón, aquello estaba hasta arriba, y como no se fiaba de dejar sus cosas por ahí sin vigilancia, me dio su paraguas (que anda que no ha perdido paraguas ella y tenía que encasquetármelo a mí, no fuera a ser que le robaran un paraguas en julio, manda narices...) y su bolso. Quizás lo de llevar un paraguas y un bolso no parezca gran cosa, pero teniendo en cuenta que de pequeña siempre he sido una cabeza más baja que el resto de mis compañeros y que los bolsos de mi madre son tamaño maleta y que lleva en ellos más cosas que Mery Poppins, el equivalente hoy en día es como si me dan una maleta que pese 20 kilos para que la lleve colgada del cuello y el bastón de Gandalf.
Así que allí me quedé de pie, en medio de la catedral, cargada hasta arriba y esperando.
Estando yo de esa guisa, me vió la mujer del pianista y me dijo: "Ay, neniña, que te vas a cansar, mira que aquí hay unos asientos y los curas de aquí son muy majos, yo sé que te van a dejar que te sientes mientras dure la misa" y ni corta ni perezosa me llevó hasta "los asientos". Yo cuando ví aquello sentí un escalofrío por la espalda que me decía que el plan de esa señora tenía fallos evidentes, pero me habían dicho que tenía que obedecer, así que me senté donde me dijo: en los asientos gigantes de madera para los curas que están detrás del altar mayor. De repente ahí estaba yo, con un bolso de señora gigante y un paraguas de bastón en posición para oficiar la santa misa. La mujer se marchó y me dejó allí sola, con cientos de ojos de peregrinos y fieles que esperaban en los bancos y alrededores mirándome con cara de "???" y yo, que no sabía qué hacer, miré hacia arriba esquivando sus caras de asombro y me encontré con un botafumeiro gigante sobre mi cabeza. No, no, no, aquello no me gustaba nadita. Esperé pacientemente a que la tierra me tragara, pero no hubo suerte.
Entonces ví a mis padres salir y ponerse en posición para actuar y yo los miraba con cara de "por favor, miradme y sacadme de aquí, por favor, por favor, MAMÁ POR DIIIIOOOOOOS" pero la única que me miraba era la mujer del organista con cara de haber hecho la obra social del día sentándome allí. Mis padres no me buscaron ni preguntaron por mí. Es lo malo de ser obediente, que se despreocupan de uno.
Y de repente, entraron los curas para dar la misa. Venían en tropel, algunos se fueron para el altar y otros venían a sentarse, todos concentrados cantando, hasta que se encontraron conmigo. Frenaron en seco, me miraron y yo me puse de pie, pero el peso del bolso cayó de repente y casi me doy la leche del siglo. "Pero, pero, pero... ¡¿tú qué haces aquí?!" y claro, yo respondí en bajito "No lo sé..." porque era la verdad, no tenía ni idea. Ahí fue cuando mis padres me vieron, alucinaron pepinillos con que estuviera en el altar mayor de cháchara con un montón de curas mirándome con cara de enfado y yo a punto de llorar. Mi padre frunció el ceño y me hizo señales de que saliera de allí inmediatamente. Los curas también "me invitaron" a que saliera por patas, yo agaché la cabeza y arrastré el bolso de mi madre, el paraguas y mi vergüenza hacia una esquina, y allí me quedé mirando el suelo hasta que todo aquello acabara, pensando en que aún encima me iba a caer una bronca.
Sin embargo, la bronca que esperaba se transformó en un super ataque de risa por parte de mis padres cuando escucharon mi historia.
Mayormente este tipo de historias es una constante en mi vida, no os creáis que es una anécdota aislada...
Pero bueno, en mi inocencia soy feliz.
¡Buen comienzo de semana a todos!